Romerías del Saladero

[Sin título]

Las "Romerías" del Saladero.

(Extraido del libro "Fray Bentos: patrimonio cultural e industrial" de René Boretto (2014).

La banda musical de “La Estrella” habría pasado el último día de tareas por medio de todo el batiburrillo del saladero, transitando con sus acordes por donde la gente los saludaba por breves segundos para después agachar sus lomos y declinar sus vistas hacia el rutinario guano de olor asqueroso que los acompañaba siempre. Ahora, se decía, en la licencia obligada que venía a fines de noviembre, todo el mundo comenzaba a pensar de otra manera en esa música que ex profeso paseaban por sus narices para hacerles encontrar fuerzas en donde cada quién no sabía que las tenía, en beneficio de terminar a tiempo con los compromisos. No en vano los barcos esperaban por decenas en el embarcadero. Una amplia ensenada que parecía un plato de plata, hacía que inclusive se reflejaran en su superficie las barrancas y los pocos edificios altos de la villa Independencia.
Mientras unos se iban sin esperar el premio de las “romerías”, a encontrar cuanto antes una changa que le permitiera sostener su familia hasta el reinicio de la zafra, casi cinco meses después, la mayoría de los obreros comenzaba a intercambiar sus pensamientos: de los rutinarios que no les abandonaban en todo el mes y durante el año, a los ansiosos y coloridos que le cambiaban la mente a quienes imaginaban la fiesta sobre las barrancas.
Desde el principio de los terrenos del saladero, apenas pasado el arroyo de los Laureles, donde estaba el puente del ingeniero Keller, todo comenzaba a presentarse con espíritu festivo. Allí mismo armaban y dejaban colocado un émulo de arco de triunfo, verdadero portal de forma ojival donde palmas, ramas y flores presentaban un cartel de “Bienvenidos”, armado con huesos de canillas de vacas cada una de sus letras B-I-E-N-V-E-N-I-D-O-S.
Por allí transitaban ufanos y orgullosos, los invitados “del pueblo”. Por debajo de ese frondoso monumento pasaba de ida, la banda musical, haciendo sonar sus marchas cuando concurría, parsimoniosamente, a recorrer las calles polvorientas de Villa Independencia para traer al regreso, a la muchedumbre entusiasmada que recogiera de la puerta misma de cada una de las instituciones sociales residentes allí. Todos: pueblo y autoridades, sulkies y personas a pie, abanderados y escoltas orgullosos de sus estandartes, niñitos vestidos por igual con sus trajes de marinerito comprados en la única tienda importadora de esa moda capitalina y casi paupérrimos niños descalzos, llevando bajo su brazo las canastas repletas de tortas fritas y de pasteles. Perros y caballos. Todo en una increíble melange de sociedad igualada por la magia de dos días de fiesta que llegaban -oh, que suerte!!- a ese fin de semana anhelado, pletórico de inquietudes, de planes, de promesas amorosas y de reencuentros familiares.
Cada quien, bien podría haberse ido por su cuenta en sulky, a caballo o de a pie hasta el lugar de las romerías, pero nadie quería perderse el desfile colorido, lleno de música y con bombas explotando en los cielos, abriendo el paso. Así que todos se congregaban en la plaza, desde donde la banda de La Estrella acompañaba a la multitud enfervorizada hasta el lugar de la fiesta. Primero iba al edificio nuevo de la municipalidad y allí, parsimoniosamente, el Presidente saludaría desde el piso superior del edificio. Descendería a la calle y sólo a media cuadra, a la vuelta, recogerían al Jefe Político, en la sede de la Jefatura, donde -era lo más esperado- se le ofrecería un brindis con oporto a los señores músicos.
A medida que se engrosaba el desfile, todo crecía en banderas y gente que detrás de la banda y de las autoridades, iban formando una larga fila de entusiastas ciudadanos que vivaban a las instituciones por las cuales pasaban para recoger a los abanderados, autoridades y asociados.
- “Viva la Sociedad Cosmopolita!... ¡Que viva la Sociedad Italiana!” Y los estruendos de las bombas daban efecto especial a la fiesta que con esos prolegómenos se daba ya por comenzada. En la esquina, solamente esperaban que llegara desde el puerto la banda de la “Societá Unita” que habría desembarcado en el puerto, viniendo en el vaporcito del saladero que los había ido a buscar a Gualeguaychú. Junto con ellos, otro animoso grupo de la ciudad vecina, hacía lo propio detrás de su conjunto musical.
Así, todos juntos y continuando con los gritos y aplausos, se disponían a recorrer los cuatro kilómetros hacia el predio detrás del saladero donde la Sociedad “La Estrella” se disponía a festejar un nuevo aniversario. Al llegar al arroyo Laureles, sin duda el límite jurisdiccional de “la república del saladero Liebig”, pasaban por debajo del colosal arco cuyo colorido preanunciaba la festividad que estaba a punto de inaugurarse oficialmente.
Tres días antes, una entusiasta comparsa de hombres y mujeres había trabajado encima mismo de la principal barranca, la que se desploma con sus gigantescas canicas de tosca redondeadas, en el mismo río Uruguay. Allí estaba todo pronto gracias a esta tarea que había dejado impecable el verde manto de gramilla, destroncando alguno que otro espinillo o algarrobo que se había atrevido a nacer desde el año anterior. Armadas las grandes carpas como que si de la noche a la mañana después de una lluvia hubiesen crecido gigantescos hongos blancos, formaban un corro mágico como los que los arrieros llaman “círculo de brujas” cuando los encuentran en perfectos redondeles en el campo, cual si hubiesen sido trazados por la pericia de una hechicera invisible a los ojos humanos.
Mientras, los empleados de las confiterías Echaniz y Salvo, Simeone, Bernaza y De Felipe habían aprovechado las primeras horas del día para transportar en carro los cuatrocientos litros de cerveza, la mitad de lo que se suponía consumirían los asistentes a las romerías. El resto llegaría ya enfriada, directamente por barco desde Montevideo casi a la noche del segundo día. Los pocos socios que son los que siempre trabajan de las instituciones del pueblo, también ya habían colocado las últimas banderas de colores y estandartes para destacar, cada cual su carpa de la de los competidores o fraternas colegas, sobre todo para quedar mejor que cualquiera y aspirar al premio.
Los sones de la banda musical se escucharían a lo lejos, rebotando en las techumbres de las casuchas de la ranchada del saladero, mientras los más madrugadores ya estarían a la espera de la cohorte en la misma entrada al predio de la fiesta.

En la cima de la barranca, detrás del saladero, estaba todo listo. Allí, otro portal hecho con maderos, mostraba orgulloso su cartelón de “UNIÓN Y TRABAJO” y sobre él, un adorno cubierto de enredaderas y flores con su forma de triángulo equilátero dentro del que lucía evidente y provocador, el símbolo de la escuadra y el compás entrelazados, con los que la masonería, orgullosa y aún desafiando lo que se dice de su discreción, quería demostrar que algo que tenía que ver en la organización. Todo el mundo quería pasar por debajo del portal, también adornado con las banderas de varias naciones y con una modesta pizarra donde con tiza habían puesto: “Aniversario de la Sociedad La Estrella” con el número indicando la cantidad de años de la institución homenajeada. Desde 1882, el primer año de “La Estrella” –otra simbología evidente de la “hermandad”- era un ritual especial encontrarse allí las bandas de música, los abanderados, los porta estandartes y las autoridades, aplaudidas por el público numeroso.
Un fugaz encuentro multitudinario en homenaje al trabajo y a la fraternidad de donde sacar fuerzas para el próximo renacer de otro año de actividades. Muerte y vida. Que mueran unos para que vivan otros. Eterno ciclo de muerte y resurrección como si fuese un mandato de la naturaleza, copiado ancestralmente por las sociedades para justificar sus comportamientos. Y justamente en un lugar del mundo donde esa realidad se hacía patente todos los días, con miles de vacunos faenados para convertirlos en alimento. Para que todos dijeran que lo que el hombre hace “es natural” y acompaña los designios de Dios o del Gran Arquitecto del Universo, según quién o por dónde se mire. La misma alegoría de la espiga de trigo. La misma también de esas fiestas navideñas, alojadas sus raíces en aquellos milenarios comportamientos de quienes alababan la energía solar que alrededor del 21 de diciembre, cuando el solsticio se producía, en el preciso momento que el astro aparentaba detenerse y comenzar a partir de allí una extensión de la iluminación que daba paso a la regeneración de la tierra y a dar vida por doquier.
Esa noche más larga, entre los romanos la llamaron “Solsticio” que quería decir sol inmóvil, dando comienzo a celebraciones que tomaban su fuerza el 24 de diciembre, o día del “Natalis Solis Invicti”. Eran coloridas fiestas con banquetes donde se convocaba a la unidad, al agradecimiento, a manifestar cordialidad y buenas intenciones, hasta el punto que los ricos compartían la mesa con los pobres, se distribuían regalos y se aprovechaba para dar libertad a uno que otro esclavo.
En las “romerías” de la Liebig era algo similar. Quizá hasta basados en la misma filosofía ancestral. Allí estaban las carpas de La Cosmopolita, La Armonía, Juventud Unida, La Popular, Unión Oriental, La Estrella, La Esponja y La Secreta cada cual mejor ataviada, esperando que un jurado designado al efecto las visitara para darles un premio a la originalidad y a la alegría de sus concurrentes.
“Esperensén un poquito…” reclamaba un cartel pintado con grotescas letras, aludiendo a la paciencia que habría de tener la gente para retirar los tickets para la cerveza, el vaso de vino y el trozo de asado y pan que les correspondía como obsequio del saladero. En medio de las carpas, dejaban un amplio sector donde un escenario esperaba musiqueros y danzarines.
Carreras de sortijas, hamacas, rompe cabezas, carreras de embolsados y pedestres animaban a todo el público. La “lucha de clases” se hacía evidente en “las cinchadas”. Jalando de una gruesa cuerda, de un lado los niños “del pueblo” ataviados iguales con sus trajes de marineritos “para salir” y en el otro extremo los hijos de los obreros, con sus atuendos modestos y las infaltables gorras o boinas, los mismos que usaban diariamente para ir a la puerta del saladero a llevar las viandas con comida para sus padres.
El calor de la época reinante favorecía estos festejos al aire libre y durante esos dos días muy poca gente permanecía en sus casas. Algunas instituciones, como el Liebig´s Football Club, elegían lugares cercanos para convocar a sus afiliados y simpatizantes a fiestas de encuentro y confraternidad donde cada quien llevaba el instrumento que supiese interpretar, con lo que no faltaban motivos ni circunstancias divertidas para todo el mundo.
Las carpas, todas lucían con orgullo las banderas de las instituciones a que pertenecían, colorido que se sumaba al jolgorio general del ambiente que poco a poco iba tomando la forma de una gran fiesta popular donde nadie estaba excluido. Una rara niebla blanca, producto del humo de los numerosos fogones ya encendidos, no solamente ponía un marco diferente a todo, sino que diseminaba aromas exquisitos y tentadores.
No en vano la prensa de los departamentos vecinos se ocuparía, como cada año lo hacían, de este acontecimiento social que era de lo más relevante de la región. “Las muchachas muy bien ataviadas con sus largos y amplios vestidos en uso en aquella época, acompañadas de sus respectivas mamás ocupaban los asientos alrededor de la inmensa carpa y los jóvenes y caballeros luciendo sus trajes de casimir inglés, negros, grises o azules, hechos ex profeso por su sastre con una verdadera competencia en el arte de vestir, se presentaban con sus jazmines del cabo, blancos y perfumados o sus ramitos de violetas en el ojal y ante ceremoniosos movimientos se inclinaban respetuosos ante la dama de su preferencia al mismo tiempo que extendiendo el antebrazo, la invitaban a bailar el vals, la mazurca o la polca y al ritmo de los compases, agitados o lentos, según la pieza, aquella masa de bailarines se movía al unísono dando una nota de belleza rítmica”.
“La gente del pueblo que no podía participar de los “saraos” de los improvisados salones, también tenía derecho a las fiestas y podían bailar en la carpa general o en un lugar abierto, bajo los árboles, iluminados con profusión con farolitos de papel que daban una nota de extraordinario colorido.”
El arroyo Fray Bentos, desembocando en medio de una arenosa playa ahí nomás, se internaba varios kilómetros con sus aguas más o menos profundas, permitiendo la navegación. Durante las romerías, los botes ataviados con banderas y techos de telas multicolores, paseaban a las damas que lucían sus anchos vestidos y sus parasoles. Quienes se aventuraban quedarse hasta el anochecer, semejábanse a montones de luciérnagas abigarradas en enjambre, cuando los botes encendían sus farolitos venecianos.
Ciento setenta y un mil animales habían pasado a degüello durante el año que culminaba y decenas de barcos habían llevado en sus vientres la producción del establecimiento Liebig con destino al viejo mundo. Las banderas de todos esos países estaban presentes. Ornamentaban el gran arco de bienvenida con su colorido y con el hondo significado de la unión verdadera que se producía en este rincón del mundo donde nada menos que cincuenta y seis naciones estaban representadas por sus hombres y mujeres que diariamente se sometían al arduo sacrificio del trabajo.
Indescriptible por su cantidad, se convertía toda aquella barahúnda, bullanguera y bulliciosa en cuentos, relatos y anécdotas de los sucesos de los días festivos.
Terminada la fiesta, la banda musical de “La Estrella”, con todo el pueblo detrás, que gritaba en la madrugada vivas y larga vida a las instituciones, recorría el camino hacia el puerto de Villa Independencia para acompañar y despedir a la Banda Musical “Italia Unita” de Gualeguaychú, a la que al principio de la fiesta habían ido a recibir con centenares de vecinos de la vecina hermana ciudad entrerriana que venían a disfrutar de momentos de expansión y esparcimiento con familiares y amigos residentes en Villa Independencia... (¡Qué tiempos aquellos! deberíamos agregar, sin que ello se interprete como alusión a nada de lo que pasa hoy día...)
Eran tiempos en que el río no era frontera. Cuando se cruzaba mucho más fácil que hoy, no obstante el moderno puente internacional. Con novios del otro lado, con casamientos que unían familias, con clubes sociales que se llamaban de igual manera en ambas costas, cuando se entendía que el progreso es un derecho de los pueblos y ayudarse a crecer era la linda filosofía que nos permitía enfrentar al mundo…
Las actividades de este tipo continuaron casi ininterrumpidamente hasta 1920. El diario “La Campaña” da cuenta que el 5 de junio de 1922 el rematador José Sico procedió a la venta de todo el material usado por la Sociedad Cosmopolita en las tradicionales Romerias (toldos, carpas, faroles, mesas, etc.) Cabe tener en cuenta que este fue un impacto también del cese de actividades de la Compañía Liebig en Fray Bentos. La disgregación de la empresa en los últimos años de 1920 trajo como consecuencia, inclusive, la desarticulación de la muy tradicional “Banda Musical” de “La Estrella” y también la suspensión de las “romerías” detrás del saladero.

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